Esta historia arranca junto al mar. Empieza en el Mediterráneo (Menorca) y continúa en el Atlántico (Cádiz), donde Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina escriben a cuatro manos las canciones de La orquesta del Titanic, el disco de su segunda y última gira conjunta por tierras americanas. Pero, el origen de la película se remonta varias décadas atrás, cuando los dos artistas descubrieron aquel continente, con el que mantienen una larga historia de amor.

 

Serrat viaja por América Latina desde hace 45 años. Fue exiliado en México cuando la dictadura franquista ordenó su persecución, y en Argentina y Chile sigue vivo el recuerdo del compromiso del Nano contra los regímenes militares que le declararon persona no grata. Sabina llegó más tarde a América. Su poesía, su poder de seducción y su actitud canalla llegan a un público que abarca varias generaciones. En Argentina, canta con la fuerza de un rockero, o el sentimiento de un tanguero. En México, los mariachis y las orquestas de pueblo cantan Y nos dieron las 10 sin saber que la escribió Sabina.

 

“El símbolo y el cuate” es un viaje con dos artistas distintos y cómplices a través de un continente que ha vivido y vive grandes cambios, y en el que han echado raíces más profundas que en su propia tierra.

 

Serrat es el símbolo para toda una generación, que le venera como un referente. Sabina es otra cosa. Es el cuate, esa palabra tan mexicana que describe el amigo, el colega, el cómplice. 

Cuando Joan Manuel Serrat reveló en una cena de amigos que en 2012 habría una segunda gira americana con Joaquín Sabina, la productora Isabel Jubert me lanzó una mirada cómplice. Allí había material para una película, por la que ambos estábamos dispuestos a apostar. La gira sería la excusa, el hilo conductor, para explicar la historia de la relación de amor de los dos artistas con América Latina, y la huella que ha dejado dicha relación en sus protagonistas.

Teníamos por delante una gira de nueve meses. Una excelente oportunidad para contar a través de un viaje por el tiempo y el espacio lo que significan Serrat y Sabina en aquel continente, y la influencia que Latinoamérica ha ejercido sobre los dos cantautores. Me apetecía hacer una película que combinara la evolución de un territorio que ha experimentado cambios profundos, y la evolución de dos artistas que, 45 años después, siguen siendo al otro lado del Atlántico referentes de varias generaciones.

 

Buscamos un aliado. Tono Folguera acababa de producir Bicicleta, cullera, poma. Dos pequeñas productoras decidíamos poner en marcha un proyecto ambicioso, sin tener muy claro hasta dónde podíamos llegar.

 

Pensaba en un viaje que nos transportara desde el México del exilio de Serrat, al México que fascina a Sabina, el de Chavela Vargas, José Alfredo Jiménez, Frida Kahlo, los mariachis y el tequila. Un recorrido con pinceladas del Chile bohemio y vitalista de Pablo Neruda, del oscurantismo en tiempos de Pinochet y de los militares argentinos, y del Perú que dejó atrás décadas de violencia. Y un fin de trayecto en la América Latina actual, con mucha pobreza todavía pero sin dictadores.

 

Con estas premisas, El símbolo y el cuate indaga en la historia americana de los dos cantautores, con ayuda de imágenes de archivo, canciones de épocas distintas y testimonios de amigos como Ricardo Darín, Eduardo Galeano, o Estela de Carlotto. Hay episodios poco conocidos de la trayectoria de estos artistas por tierras americanas. Por ejemplo, la gira de Serrat en un motor-home durante su exilio mexicano en 1976, y el viaje frustrado del cantautor catalán a Chile, para apoyar la campaña contra Pinochet en el plebiscito de 1988. En el caso de Sabina, la primera entrevista televisiva que concedió en México al periodista Ricardo Rocha, en 1985, y su presencia en el Zócalo de la Ciudad de México para recibir la multitudinaria marcha zapatista, en 2001.

 

Tras décadas de recorrer por separado el continente latinoamericano, decidieron hacer juntos el camino: dos giras en los últimos seis años. Han conseguido lo que nadie imaginaba. Dos tipos tan dispares se han respetado y complementado, y han funcionado como una pareja casi perfecta. “Sin sexo”, según confiesa Sabina. Verlos en acción, dentro y fuera del escenario ha sido tremendamente atractivo. En América Latina se mueven en su salsa, cada una con su aliño particular. ¡Menudos personajes! El rodaje de El símbolo y el cuate no ha sido precisamente un camino de rosas. No son tipos fáciles ni complacientes. Pero son fascinantes, incombustibles, y dispuestos a dar guerra hasta el último día. Envidiables.

 

Paradojas de la vida, la crisis que me apartó del periodismo después de 30 años, me ha devuelto al sector audiovisual y me ha permitido debutar con esta película. En tiempos no tan lejanos habría sido un sueño inalcanzable. Con un equipo reducido, las nuevas tecnologías como mejor aliado, y una gran dosis de talento, ganas, ilusión y locura nos lanzamos a la piscina. A pesar de que el clima imperante en el cine y el documental no sea muy propicio para aventuras como El símbolo y el cuate. Soñadores pero no ilusos. Somos plenamente conscientes de que sin una tremenda sacudida en la industria y un cambio drástico en las políticas culturales, proyectos como el que presentamos no pueden levantar vuelo.

 

Francesc Relea

Director